14 febrero 2015

Que asco de modas

La moda es estúpida por naturaleza, y más cuando, encima, es completamente estúpida, como suele ocurrir con las modas en los comportamientos sociales, que son siempre, por lo demás, un poco delictivas. Hace diez o quince años, por ejemplo, se pusieron de moda los cambios de pareja, o sea, no de cambiar de pareja, sino de intercambiarla por otra que, una vez usada, se devolvía y viceversa. 

Sobre el particular recuerdo a mis amigos más a la moda cambiando a su señora o a su señor con una mezcla de morbo y sufrimiento, pero sobre todo de sufrimiento. Con ello, lo que consiguió la mayoría fue, curiosamente, no cambiar nunca una pareja que no funcionaba (de otro modo no se comprende que se cambiara como un cromo), pues el remiendo del intercambio sin amor parcheaba los socavones de la convivencia. Y fueron desgraciados. 

Luego, cinco o seis años más tarde, se puso de moda el baile de los pajaritos, obra del tándem infernal María Jesús y su acordeón. La nausea se elevó entonces hasta niveles peligrosísimos cuando los seres humanos, agrupados y ebrios, se entregaban a esa danza delirante en bodas y bautizos. 

Hace un par de años, cuando creíamos haberlo visto todo, lo que se puso de moda era conducir en sentido contrario, a toda leche, por las autopistas, y raro era el día que no se cerraba con algunas bajas entre los kamikazes y sus víctimas, y por esa época se puso muy de moda también lo de irse todo el mundo de vacaciones a Egipto, sitio tórrido donde uno podía encontrarse con los familiares, los amigos y los compañeros de trabajo. 

Pues bien; ahora la moda es meter lejía en las botellas de agua mineral. Pero a esta moda le pasa lo que a todas, que no es nueva; envenenar cosas de comer y de beber es una actividad antigua como el mundo, y, si no, que se lo pregunten a las niñas antiguas, aleccionadas en la idea de que había hombres que regalaban caramelos envenenados a las nenas. Y es que siempre tiene que haber algún imbécil, o varios, o muchos, que se apuntan a la eterna moda de fastidiar al prójimo todo lo posible. Como Ceaucescu, sin ir más lejos y en otro orden de cosas.

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