14 febrero 2014

Jovencitas con pantalones Oxford

Una de las jovencitas con pantalones Oxford era Tutti Araujo, hoy propietaria de una revista en Argentina. La otra era yo. Adolfito se comprometi√≥ a vigilar nuestro estilo «period√≠stico», ley√≥ el reportaje transcrito, nos borr√≥ todos los «fundamentalmente» que encontr√≥, nos prohibi√≥ usar palabras imprecisas como «desfasaje, dinamizar, optimizar, posicionar, confrontar...». 

Corrigi√≥ atrocidades cometidas con el gerundio y nos inst√≥ a que us√°ramos cinemat√≥grafo y autom√≥vil en reemplazo de esos «modernismos» que son el cine y el auto. Escrib√≠amos tan mal y con tantas frases hechas que estamos seguras de que junto con los pol√≠ticos, los psicoanalistas y los soci√≥logos, ayudamos a despertar en Bioy Casares la idea de inventar el «breve diccionario del argentino exquisito», esa obra de arte que encierra las muletillas, cursiler√≠as y grandilocuencias del lenguaje de los argentinos que «quieren quedar como personas cultas e instruidas». «Los pol√≠ticos son personas que no saben lo que hablan y entonces tratan de parecer sabias. Usan palabras de significado impreciso, de las que uno se puede desdecir f√°cilmente, de las que no comprometen». 

Como «profesionales» periodistas, la- relaci√≥n sigui√≥ por tel√©fono. A Bioy Casares le divert√≠a leer en la revista Gente de Buenos Aires los art√≠culos de esas dos jovencitas audaces que le hab√≠an arrancado una entevista en el Buenos Aires Laven Tennis. Tambi√©n nos envi√°bamos tarjetas de Navidad. Cuando me llam√≥ para proponerme que ayudara a uno de sus amigos a escribir su biograf√≠a, me aterr√©. Nunca me atrev√≠ a preguntarle si √©l cre√≠a que yo hab√≠a aprendido a escribir.

Con 76 a√Īos, m√°s de 40 libros escritos y siete de ellos convertidos en guiones de cine, Bioy Casares es el m√°s brillante, refinado y cr√≠tico escritor argentino. Su buen humor es reconocido por los amigos. 

Casi no tiene supersticiones, pero se niega a utilizar un reloj de pulsera «porque cada vez que lo uso le sucede fatalmente algo grave a alg√ļn ser querido». Jam√°s acept√≥ que le echaran las cartas y no lee los hor√≥scopos. Hijo de una familia aristocr√°tica y casado con la poeta Silvina Ocampo, Bioy Casares supo transgredir los conservadores valores de su clase. Su matrimonio fue de «avantgarde» y a √©l nunca le import√≥ horrorizar a sus conservadores vecinos de la calle Posadas pronunci√°ndose a favor del divorcio. «Soy muy partidario del divorcio -reconoc√≠a, pero creo que la sociedad no tendr√≠a que meterse en las relaciones entre personas. No hago diferencias entre las personas que est√°n casadas y las que no lo est√°n», repet√≠a. 

Bioy Casares siempre fue coherente entre sus decires y su hacer: a Martha, su hija, la tuvo con otra mujer y Silvina Ocampo -su esposa- acept√≥ sin problemas. Las mujeres han sido su debilidad y no le molesta su bien ganada fama de «play boy». «Las mujeres cada d√≠a me gustan m√°s. Acaso todo empez√≥ cuando yo ten√≠a 10 a√Īos y mir√© a una mujer que, a su vez, miraba la vidriera de una jugueter√≠a. Alguien de mifamilia me dijo: "Adolfito, ya un hombre. Te interesan m√°s las mujeres que los juguetes"». 

«M√°s tarde me llevaron a un teatro de revistas. Desde la fila cero vi aquellas mujeres desnudas como objetos codiciables y tan superiores a mis posibilidades. Las vi con la ingenuidad culpable en un escritor. Y creo que desde entonces fueron como juguetes: dicen que me enamoro de manos, de ojos, de pieles, de caras, de reflejos, pero que no me importan. Que las amo pero no las quiero. Hay un poco de verdad, y quiz√° merezca condenaci√≥n. Pero algo me redime: Me pas√© la vida hablando con ellas, y a√ļn hoy son mi principal preocupaci√≥n. Siento que me convert√≠ en un santo a partir del pecado. 

Que el pecado me santific√≥», relat√≥ Bioy a los 75 a√Īos, una ma√Īana de octubre de 1989, desde el sill√≥n capitone de su biblioteca, con la vista puesta en los jacarand√° violetas de la plaza de Francia. Con sus amigos no necesariamente escritores -algunos hacendados o tenistas veteranos- suele almorzar en la Biela, en el coqueto barrio de la Recoleta donde vive. 

Pero le molesta el monotema de los argentinos: el dinero, √ļnica conversaci√≥n de las se√Īoras elegantes a esa hora. Tambi√©n pasea a su perro pastor alem√°n por la arboleda de la calle Posadas y vuelve a su desordenada biblioteca a leer y releer sus autores favoritos: Voltaire y Byron. Tambi√©n escucha m√ļsica cl√°sica, sobre todo los rom√°nticos alemanes; Schubert, Gluck, Brahms son sus favoritos. 

Este narrador excepcional ha tenido una vida vers√°til: fue campe√≥n de tenis en 1939 y casi abandona la literatura para convertir su «hobby» de fot√≥grafo en su profesi√≥n permanente. Retratos magn√≠ficos de su hija Marta y de sus amigos est√°n distribuidos en su biblioteca. Puede escribir en Buenos Aires, en su campo o en cualquier parte, pero lo hace en su vieja m√°quina de escribir Underwood del a√Īo 1924 o con su pluma Shaeffer. Las computadoras a√ļn no las ha probado, a pesar de las recomendaciones. 

Y puede pasar quince a√Īos sin salir del pa√≠s. Al volver, se sorprendi√≥ porque Buenos Aires era como esas ciudades que el barco que lo llevaba a Europa cuando era ni√Īo iba dejando atr√°s en cada escala. «Buenos Aires me pareci√≥ una de esas ciudades provincianas, pobres y sucias que el barco dejaba atr√°s», cont√≥ a su regreso. 

La batalla por la herencia de Borges entre Mar√≠a Kodama y Fanny, la doncella, y el supuesto traslado de sus restos a Argentina lo sumergi√≥ en la depresi√≥n. «Me he sentido muy desdichado. Esas peleas han tratado de envolverme: tuve que ir a declarar a tribunales, y all√≠ s√≥lo he sido leal a Borges. Creo que los que pelean prefieren sus odios a Borges. El quer√≠a ser enterrado en Recoleta, pero cuando se fue a Ginebra, me dijo por tel√©fono: "No creo que me vaya bien. Los m√©dicos me han desahuciado. Pero si hay que morir, es lo mismo estar en cualquier parte". Esta frase es como un testamento y no pienso hacer nada por modificarlo. Bastante me golpea ya la ausencia de Borges», dijo Bioy Casares.

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